jueves, 31 de diciembre de 2015

No hay años malos
Mi percepción a medida que envejezco es que no hay años malos.
Hay años de fuertes aprendizajes y otros que son como un recreo, pero malos no son.
Creo firmemente que la forma en que se debería evaluar un año tendría más que ver con cuánto fuimos capaces de amar, de perdonar, de reír, de aprender cosas nuevas, de haber desafiado nuestros egos y nuestros apegos.
Por eso, no debiéramos tenerle miedo al sufrimiento ni al tan temido fracaso, porque ambos son sólo instancias de aprendizaje.
Nos cuesta mucho entender que la vida y el cómo vivirla depende de nosotros, el cómo enganchamos con las cosas que no queremos, depende sólo del cultivo de la voluntad.
Si no me gusta la vida que tengo, deberé desarrollar las estrategias para cambiarla, pero está en mi voluntad el poder hacerlo.
“Ser feliz es una decisión”, no nos olvidemos de eso. Entonces, con estos criterios me preguntaba qué tenía que hacer yo para poder construir un buen año porque todos estamos en el camino de aprender todos los días a ser mejores y de entender que a esta vida vinimos a tres cosas: -a aprender a amar -a dejar huella -a ser felices
En esas tres cosas debiéramos trabajar todos los días, el tema es cómo y creo que hay tres factores que ayudan en estos puntos:
-Aprender a amar la responsabilidad como una instancia de crecimiento.
El trabajo sea remunerado o no, dignifica el alma y el espíritu y nos hace bien en nuestra salud mental.
Ahora el significado del cansancio es visto como algo negativo de lo cual debemos deshacernos y no cómo el privilegio de estar cansados porque eso significa que estamos entregando lo mejor de nosotros.
A esta tierra vinimos a cansarnos,....... para dormir tenemos siglos después.
-Valorar la libertad como una forma de vencerme a mí mismo y entender que ser libre no es hacer lo que yo quiero.
Quizás deberíamos ejercer nuestra libertad haciendo lo que debemos con placer y decir que estamos felizmente agotados y así poder amar más y mejor.
-El tercer y último punto a cultivar es el desarrollo de la fuerza de voluntad, ese maravilloso talento de poder esperar, de postergar gratificaciones inmediatas en pos de cosas mejores.
Hacernos cariño y tratarnos bien como país y como familia, saludarnos en los ascensores, saludar a los guardias, a los choferes de los micros, sonreír por lo menos una o varias veces al día.
Querernos.
Crear calidez dentro de nuestras casas, hogares, y para eso tiene que haber olor a comida, almohadones aplastados y hasta manchados, cierto desorden que acuse que ahí hay vida.
Nuestras casas independientes de los recursos se están volviendo demasiado perfectas que parece que nadie puede vivir adentro.
Tratemos de crecer en lo espiritual, cualquiera sea la visión de ello.
La trascendencia y el darle sentido a lo que hacemos tiene que ver con la inteligencia espiritual.
Tratemos de dosificar la tecnología y demos paso a la conversación, a los juegos “antiguos”, a los encuentros familiares, a los encuentros con amigos, dentro de casa.
Valoremos la intimidad, el calor y el amor dentro de nuestras familias.
Si logramos trabajar en estos puntos y yo me comprometo a intentarlo, habremos decretado ser felices, lo cual no nos exime de los problemas, pero nos hace entender que la única diferencia entre alguien feliz o no, no tiene que ver con los problemas que tengamos sino que con la actitud con la cual enfrentemos lo que nos toca.
Dicen que las alegrías, cuando se comparten, se agrandan. Y que en cambio, con las penas pasa al revés. Se achican.
Tal vez lo que sucede, es que al compartir, lo que se dilata es el corazón.
Y un corazón dilatado esta mejor capacitado para gozar de las alegrías y mejor defendido para que las penas no nos lastimen por dentro".
Mamerto Menapace 

Monje Benedictino.
¿Por qué la fiesta de fin de año provoca tanta locura?¿Qué hay de especial en el cambio de año? Nada, excepto la convención numérica, una invención indoarábiga que nos permite codificar el tiempo en horas, minutos y segundos y establecer, según el movimiento de nuestro planeta en torno al sol y a las fases de la luna, calendarios que distribuyen el tiempo en años de doce meses, meses con casi 30 días y días con 24 horas exactas.
 
Lo que pasa es que no somos trilobitas sino humanos, dotados de la capacidad de imprimir al tiempo carácter histórico y sentido a la historia. La fiesta de fin de año es, pues, un rito de paso. Resuena en nuestro inconsciente el alivio por terminar un año de tantos reveses, pérdidas, sufrimientos, y celebrar conquistas, avances y victorias. Hay que tirar cohetes, llenar copas, expresar buenos propósitos a las divinidades que pueblan nuestras creencias, vestirse de blanco como señal de nuestra primera comunión con el nuevo año que comienza.
 
Vivimos apremiados por el misterio. Como las partículas subatómicas, somos regidos por el principio de la indeterminación. Esa imposibilidad de prever el futuro suscita angustia, lo que nos lleva a tratar de descifrarlo por vía de la lectura de los astros y de las cartas, de la sabiduría de videntes, de las conchas de los santeros y santeras, de la rogación a nuestros santos protectores.
 
Ésta es una paradójica característica del posmodernismo: en plena era de la emergencia de la física cuántica y de la caída del determinismo histórico como ideología, creemos que nuestro futuro está escrito en las estrellas.....
En el pasado, el futuro era mejor. Hoy, inmersos en esta sociedad de la  hiperestetización de la banalidad, en que las imágenes contraen el tiempo y la web virtualiza el diálogo en la soledad digital, andamos en busca de una razón para vivir. Perdimos el sentido histórico, cambiamos los vínculos de solidaridad por la conectividad electrónica, vendimos la libertad por un plato de lentejas en forma de seguridad....
No basta el propósito sincero de hacer algo nuevo en nuestras vidas en este año. Es necesario más: hacer nuevas las realidades que nos rodean, de modo que se den cambios afectivos y la paz florezca como fruto de la justicia.

Extraído y algo modificado del deseo de Feliz 2008 de Frei Betto

martes, 29 de diciembre de 2015

Aprovechando que hemos celebrado la Solemnidad de la Sagrada Familia, podemos reflexionar este mensaje:

"No existe familia perfecta. No tenemos padres perfectos, no somos perfectos, no nos casamos con una persona perfecta ni tenemos hijos perfectos. Tenemos quejas de unos a otros. Nos decepcionamos los unos a los otros. Por lo tanto, no existe un matrimonio saludable ni familia saludable sin el ejercicio del perdón. El perdón es vital para nuestra salud emocional y sobrevivencia espiritual. Sin perdón la familia se convierte en un escenario de conflictos y un bastión de agravios. Sin el perdón la familia se enferma. El perdón es la esterilización del alma, la limpieza de la mente y la liberación del corazón. Quien no perdona no tiene paz del alma ni comunión con Dios. El dolor es un veneno que intoxica y mata. Guardar una herida del corazón es un gesto autodestructivo. Es autofagia. Quien no perdona enferma físicamente, emocionalmente y espiritualmente. Es por eso que la família tiene que ser un lugar de vida y no de muerte; territorio de curación y no de enfermedad; etapa de perdón y no de culpa. El perdón trae alegría donde un dolor produjo tristeza; y curación, donde el dolor ha causado enfermedad".

 Papa Francisco

sábado, 26 de diciembre de 2015

María Antonia, bebé gaucho, tiene dos madres, un padre y seis abuelos. Nacida en Santa María, en septiembre del 2014, el juez Rafael Cunha autorizó su registro de nacimiento.
Sus padres son Fernanda, Marian y Luis Guillermo, que embarazó a una de las jóvenes y presumió de que apareciese su nombre en el certificado de nacimiento. El juez reconoció legalmente que María Antonia nació en un "hogar multicompuesto".
Desde que una resolución del Consejo Federal de Medicina, en el 2013, permitió la utilización de técnicas de fecundación "in vitro" por parte de parejas homoafectivas, creció en el Brasil el número de niños registrados a nombre de dos padres o dos madres.
El prejuicio todavía impide que muchos reconozcan lo obvio: el perfil de la familia ya no se restringe a la relación monogámica heterosexual.
Quien mejor percibe ese cambio es el papa Francisco, que, en lugar de hacerse el ciego, como los papas anteriores, ante el fenómeno de la posmodernidad, convocó un sínodo para debatir el tema. Precedido por una reunión extraordinaria en octubre del 2014, el Sínodo de la Familia tendrá lugar en Roma en octubre de este año.
En el cuestionario remitido a todas las diócesis del mundo el papa pregunta cómo ven los católicos a las parejas vueltas a casar, la homosexualidad y otros temas considerados polémicos al interior de la Iglesia. Francisco quiere oír a las bases, en un gesto inédito de democratización de la institución eclesial.
¿Es el fin de la familia? La familia es una estructura cultural, no natural. Tal como la conocemos hoy, existe hace apenas medio milenio. Además, hoy se multiplican las familias monoparentales, cuyo "jefe" es la madre. En las comunidades indígenas la calidad de protección y de afecto a los niños nos debiera hacer enrojecer de vergüenza a todos nosotros, los "civilizados".
Para quien, como yo, fue educado en el catolicismo a la luz de estampas de la Sagrada Familia, no es fácil aceptar los nuevos perfiles de las relaciones afectivas. Sin embargo, al abrir el Evangelio nos encontramos con algo distinto del modelo devocional: el joven Jesús que se zafa del cuidado de sus padres y abandona la caravana de peregrinos; el predicador ambulante que no merece la credibilidad de sus hermanos (Jn 7,5) y su familia le toma por "loco" (Mc 3,21-31); el hijo que parece rechazar a su propia familia ("¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?" Mt 12,48).
Cuando a Jesús le gritaron aquello de "Feliz el vientre que te llevó y los pechos que te amamantaron", él no lo desmintió pero señaló la diferencia: "Felices más bien los que oyen la palabra de Dios y la cumplen" (Lc 11,27-28).
Jesús enfatizó que no son los lazos de sangre los que más acercan a las personas, sino un proyecto común que asumen juntas.
Los proyectos alternativos crean conflictos. Jesús llegó a hablar de "odiar" a la propia familia (Lc 14,26). El verbo griego miseo (odiar) puede ser traducido por "amar menos": "Si alguno quiere seguirme y no me prefiere a mí antes que a su padre y a su madre..."
Ante el modelo de la familia-gueto centrada en el ombligo de sus miembros y de espaldas a extraños y necesitados, Jesús propone un modelo de familia abierta, centrada en el afecto, en la gratuidad y en la apertura al prójimo.
La familia del siglo 21 ya no será solamente la que posee en común características biológicas, sino la que el amor aproxima y une a las personas comprometidas con un proyecto común de vida, que establece entre ellas profundas relaciones de intimidad y reciprocidad.
Y hay que recordar que, en su reciente visita a Asia, el papa Francisco pidió a los fieles católicos que eviten "ser como los conejos", procreando irresponsablemente. ¿Una señal de que los métodos contraceptivos, como el uso del preservativo, serán aceptados finalmente por la Iglesia Católica?
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Frei Betto es escritor, autor de "Reinventar la vida", entre otros libros.
www.freibetto.org/> twitter:@freibetto.

viernes, 25 de diciembre de 2015

"Fernando Silva dirige el hospital de niños en Managua.
En vísperas de Navidad, se quedó trabajando hasta muy tarde. Ya estaban sonando los cohetes, y empezaban los fuegos artificiales a iluminar el cielo, cuando Fernando decidió marcharse. En su casa lo esperaban para festejar.
Hizo una última recorrida por las salas, viendo si todo queda en orden, y en eso estaba cuando sintió que unos pasos lo seguían. Unos pasos de algodón; se volvió y descubrió que uno de los enfermitos le andaba atrás. En la penumbra lo reconoció. Era un niño que estaba solo. Fernando reconoció su cara ya marcada por la muerte y esos ojos que pedían disculpas o quizá pedían permiso.
Fernando se acercó y el niño lo rozó con la mano:
-Decile a… -susurró el niño- decile a alguien, que yo estoy aquí." 

Eduardo Galeano

jueves, 24 de diciembre de 2015

martes, 22 de diciembre de 2015

PALABRAS DE ANGELELLI

 “Dios no quiere hombres resignados” Extractado de entrevista a Enrique Angelelli en Revista Crisis Nº 13 (1974) Los hombres de las grandes ciudades, de la sociedad de consumo, que todo lo manejamos por botones y definiciones perfectas y envasadas, somos nada más que piezas de un gran engranaje. Somos una gran sociedad anónima porque no nos distinguimos ni nos consideramos y parecería ser ley aquello de: el hombre es lobo para el hombre y no su hermano. Y en esa sociedad aparece un tipo de hombre que vive medio sofisticado, no tiene paz y huye de sí mismo; le ha perdido el rumbo y el sentido a la vida. Corre todo el día, necesita velocidad, ruido, confort; necesita tocar botones de distintas clases. ¿Por qué? Porque no se soporta a sí mismo. Y está este otro hombre, el riojano, cuya característica es el silencio. Habla poco y mastica mucho. Es el hombre que está rumiando las cosas, que tiene toda la riqueza de la humanidad. No tiene dinero, por eso está marginado. No tiene voz para opinar sobre las soluciones a los problemas de hoy; lo hemos marginado. Es el hombre sin voz. El dice: lo que no me van a quitar es que yo siga guardando, alimentando, enriqueciendo eso que Dios me ha dado: la humanidad. Aquí se encuentra el hombre latinoamericano, que no se encuentra en Buenos Aires, en Mendoza, en Córdoba, en Rosario. En la ciudad hay demasiado ruido y no se puede encontrar el sentido a la vida. Allí las cosas son más importantes que las personas; en cambio aquí las personas son más importantes que las cosas. Al hombre de pueblo tampoco hay que idealizarlo creyendo que es perfecto. Es como nosotros, débil como la caña. Es frágil. Pero se aplica aquello de la Biblia: “Dios es celoso de su pueblo”.
Dios cuida lo frágil para que pueda guardarse como el núcleo de aquello que va a ser principio de ida, de liberación, de felicidad para todo el pueblo. Dios elige al pobre como respuesta al hombre orgulloso que se ha endiosado y ha hecho de la técnica y de su yo los dioses que lo guían. Entonces, ¿cuál es la gran misión de la Iglesia? Hacerse cada vez más este pueblo frágil y al mismo tiempo darle aquello que Dios ha entregado a la Iglesia para que ella lleve a los hombres. Hacer que la fe madure, que la esperanza madure, que la caridad madure, pero no aisladas de la vida, no para ser vividas dentro de un templo, sino para que ayuden al hombre a ir haciendo su historia; para dar una dimensión trascendente y un sentido a las cosas. ¿Dios qué hace? Se abaja de tal manera que al encarnarse toma la condición de marginado, toma la condición del hombre, hasta donde fue llevado por el egoísmo; la del pobre, el marginado, el sin voz. Porque allí va a nacer todo el proceso para que el hombre logre su felicidad. Y la Iglesia tiene que comprometerse. Ella no es para determinados hombres porque se llamen pobres y a los demás se los excluye, pero hay que recurrir a ver la óptica de Dios, el plan de Dios y los gestos de Dios. El hombre al que llamamos rico económicamente, rico en poder y en influencias, no tiene paz, huye de sí mismo y ha perdido el sentido de la vida. No le hago un juicio moral, no digo: pecó, no pecó. Eso es otra cosa. Pero su condición hace que otros hombres no vivan como hermanos sino como cosas. […] es necesario responder con la gran respuesta del Padre y con la gran respuesta de Cristo a todos los problemas de todos los hombres de La Rioja. Fuimos a ver el hombre concreto de hoy y su historia y tradición. Y el hombre concreto de hoy es el que no tiene casa y entonces quiere emigrar, es el que padece de Chagas, el que no le alcanzan los pesos para vivir y el que no tiene más trabajo que el empleo público. Es el hombre que no tiene tierra por la estructura del minifundio y el maxifundio, el que ve que la poca agua está mal administrada y mal repartida. Es el chico que tiene que ir a clase haciendo kilómetros en burro, o el que no da más porque tiene hambre. Es el porcentaje alarmante de mortalidad infantil y de problemas de salud. Es el hombre concreto y yo no le puedo ir a predicar la resignación. Dios no quiere hombres resignados.

sábado, 19 de diciembre de 2015

La Palabra de los Pobres



La palabra de los pobres es, en primer lugar, el clamor que fue descrito en el primer capitulo. Los pobres portadores de esa palabra son todos los pobres del mundo, todas las victimas, todos los marginalizados. El carácter común a todos es su rechazo o marginalización por la sociedad, porque no tienen poder. Si ese clamor no resuena en la Iglesia, ella no es la Iglesia de los pobres.
          ¿Qué impide que esa voz se identifique con la voz de la Iglesia?   En primer lugar el hecho de que los pobres no se integran en las instituciones y organizaciones de la Iglesia. Los pobres quedan fuera, así como quedan fuera de todas las instituciones. Por lo menos, los más pobres. Incluso en América Latina, los más pobres no participan de las Comunidades Eclesiales de Base.   Cualquier participación en cualquier cosa ya supone una cierta capacidad y un poder. De ahí la necesidad constante de abrir el corazón y los oídos a esas masas que son los preferidos de Dios, y, también teóricamente, de la Iglesia. Si la voz de la Iglesia no expresa esa voz de los que están ausentes porque son más pobres que los pobres que ahí están, ella no es más la Iglesia de los pobres.
          En  segundo lugar, aunque los pobres estén presentes, el discurso puede serles tan ajeno que nada tenga que ver con su clamorLa indiferencia de una institución cerrada en sí misma y en sus propias preocupaciones amenaza a la Iglesia, y no queda en el plano de las puras amenazas.
          Si los pobres no están presentes, su existencia permanece ignorada. Los pobres son los que no reciben siquiera la limosna de un recuerdo.   Las clases privilegiadas viven en la ignorancia de las masas que les proporcionan y garantizan los privilegios. No los ven, no los oyen, no los encuentran siquiera en su camino. Hay áreas geográficas reservadas a los pobres y áreas reservadas a los ricos para que éstos puedan vivir tranquilamente, sin tener que recordarse de la existencia de los pobres. La Iglesia no escapa a esa ley sociológica.
        

  Los pobres que claman a Dios son los pobres según San Lucas.[1] Allí la pobreza es tomada en el sentido negativo. Ella es lo que se debe suprimir, lo contrario del reino de Dios. Pues es opresión, resultado de la injusticia y del pecado. Y evangelio es la buena noticia anunciada a esos pobres. Si la palabra de Dios no tiene por objeto fundamental la liberación de esos pobres, ella se torna idealista, refugiándose en un mundo mítico.

          Hay también los pobres según S. Mateo: los pobres animados por el Espíritu. Esos pobres son lo que el Papa Juan Pablo II llama “la Iglesia de los pobres”. Son los pobres ya reunidos en comunidad, ya liberados por la palabra del evangelio, que ya recibieron la buena nueva y viven de ella[2]. Esos son los portadores de la palabra de Dios en un segundo nivel, no ya del puro clamor y sí de la vivencia. Viven en comunidad, esto es, en un compartir cada vez más intenso y extenso.
          La Biblia es el libro de ese pueblo de los pobres.[3] En ella recibieron los secretos de Dios. Son los evangelizadores. El mensaje de Cristo se difunde, se comunica esencialmente por ellos, tengan o no papel oficialmente reconocido por la Iglesia institucionalizada.
          De ahí el drama cuando los pobres se alejan de la Iglesia: esta pierde  su motor, el factor activo que asegura el crecimiento y la vitalidad. El discurso que multiplica la fe es el discurso modestamente expresado al nivel de los pobres, en el lenguaje de ellos. La Iglesia nunca puede perder de vista esa primacía del discurso de los pobres.
Traducido de “A Forza da Palavra” José Comblin, Ed. Vozes,
Petrópolis, Brasil, 1986 (Cap. I pág. 173 – 174).

martes, 8 de diciembre de 2015

"Debemos poner la misericordia por encima del juicio", dijo Francisco. "La historia del pecado solo puede entenderse a la luz del amor y la misericordia de Dios. Si el pecado fuese lo único que importa, nosotros seríamos las criaturas más desesperadas".

domingo, 6 de diciembre de 2015

Reflexiona para el Adviento

 Hizo de todo en la vida. En la juventud fue ateo y marxista. Pero de repente se convirtió. Se ordenó sacerdote durante la guerra. Entró en la Resistencia contra los nazis. En 1949 lo nombraron asesor de la Juventud de Acción Católica. Pero sus métodos libertarios no agradaron al statu quo eclesiástico y lo mandaron a acompañar a emigrantes italianos que venían por barco a Argentina. En el viaje encontró a un Hermanito de Jesús, seguidor de Charles de Foucault cuyo carisma es vivir en el mundo entre los más pobres. Se inició en Argelia junto al desierto y entró en la lucha de liberación contra la dominación francesa. Después fue enviado a Argentina. Trabajó durante años como obrero con los madereros. Fue al Chile de Pinochet, pero su nombre estuvo pronto en la lista que decía: “quien encuentre a uno de estos, puede eliminarlo”. Estuvo un tiempo en Venezuela. Y acabó instalándose en Brasil, en Foz do Iguaçu, donde creó varias iniciativas para los pobres, con hierbas medicinales, una granja didáctica para jóvenes desamparados y otras organizaciones populares que continúan existiendo hasta hoy.
Tuvo muchos reconocimientos que casi siempre rechazaba. El más importante fue el 29 de noviembre de 1999 en Brasilia cuando el embajador israelí le confirió la mayor distinción dada a un no judío: “justo entre las naciones”. Durante la guerra creó junto con otras personas una red clandestina que salvó a 800 judíos.
Se hizo monje sin salir del mundo, sino dentro siempre del mundo de los pobres y humillados. Todo el tiempo libre lo dedicaba a la oración y a la meditación. Durante el día recitaba mantras y jaculatorias. Fue una de las figuras más impresionantes que pasaron por mi vida, con una retórica capaz de resucitar muertos. Éramos amigos-hermanos.
Tenía una extraña manera propia de rezar. Él mismo me lo contó. Pensaba: si Dios se hizo humano en Jesús, entonces fue como uno de nosotros: hizo pipí, caca, lloriqueaba pidiendo el pecho, hacía pucheros cuando algo le molestaba, como el pañal mojado.
Al principio, pensaba él, Jesús habría querido más a María, luego más a José, cosas que Freud y Winnicott explican. Y fue creciendo como nuestros niños, jugando con las hormigas, corriendo tras los perros y, travieso, robando frutas del huerto del vecino.
Ese extraño místico, rezaba a Nuestra Señora imaginando cómo acunaba a Jesús, cómo lavaba en el tanque de agua los pañales sucios, cómo cocinaba la papilla para el Niño y una comida más fuerte para su marido carpintero, el buen José.
Y se alegraba interiormente con tales cavilaciones porque así debe ser pensada la encarnación del Hijo de Dios, en la línea del Papa Francisco, no como una doctrina fría, sino como un hecho concreto. Sentía y vivía tales cosas con conmoción del corazón. Y lloraba con frecuencia de alegría espiritual.
Donde llegaba, creaba siempre a su alrededor una pequeña comunidad en la peor favela de la ciudad. Tenía pocos discípulos. Solo tres que acabaron marchando. Encontraban demasiado dura aquella vida y todavía tenían que meditar durante el día, en el trabajo, en la calle, en la visita a los caseríos más decaídos.
Sólo, se agregó entonces a una parroquia que hacía trabajo popular. Trabajaba con los sin-tierra y con los sin-techo. Valeroso, organizaba manifestaciones públicas frente a la alcaldía y animaba las ocupaciones de terrenos baldíos. Y cuando los sin-tierra y los sin-techo conseguían establecerse, hacía bellas “místicas” ecuménicas, como hace siempre el MST.
Y todos los días, hacia las 10 de la noche, se adentraba en la iglesia oscura. Solo la lamparina lanzaba destellos titubeantes de luz, transformando las estatuas muertas en fantasmas vivos y las columnas erectas en extrañas brujas. Y allí se quedaba hasta las 11 de la noche. Impasible, con los ojos fijos en el tabernáculo.
Un día fui a buscarlo a la iglesia. Le pregunté a boca jarro:“mi hermano Arturo, ¿es que tú sientes a Dios, cuando después del trabajo te metes a rezar aquí en la iglesia?
¿Te dice alguna cosa?”
Con toda tranquilidad, como quien despierta de un sueño, me respondió: “No siento nada. Hace mucho tiempo que no escucho su voz. La sentí un día. Era fascinante. Llenaba mis días de música y de luz. Hoy ya no escucho nada. Sufro con la oscuridad. Tal vez Dios no quiera hablarme nunca más”.
“Y entonces”, repliqué, “¿por qué sigues todas las noches aquí, en la oscuridad sagrada de la iglesia? “Sigo”, respondió, “porque quiero estar siempre disponible. Si Él quisiera manifestarse, salir de Su silencio y hablar, aquí estoy yo para escuchar. ¿Y si Él quisiera hablar y yo no estuviera aquí? Pues, cada vez que viene, lo hace solamente una sola vez. Como en otro tiempo”.
Salí maravillado y pensativo por tanta disponibilidad. Gracias a estas personas, místicas anónimas, la Casa Común, al decir del Papa Francisco, no es destruida y Dios mantiene su misericordia sobre la perversidad humana.
Estas personas vigilan y esperan, contra toda esperanza, el adviento de Dios que tal vez nunca sucederá. Pero son los pararrayos divinos que recogen la gracia que, silenciosamente, se difunde por el universo y hace que Dios siga dándonos el sol y todas las estrellas y penetre hondo en el corazón de todos los viven en la Casa Común. Y si Dios aparece habrá gente disponible para oírlo. Y llorarán de alegría.
Su nombre es Arturo Paoli que con 102 años fue a ver y a escuchar a Dios, ahora eternamente, el 13 de julio de 2015, desde donde vivía en San Martino in Vignale, en las colinas de Lucca, Italia.

sábado, 28 de noviembre de 2015

Espero que esta sea no sólo una forma de comunicarnos, sino de cambiar al mundo que nos rodea...