PREVIVIENDO PENTECOSTES CON UNA HOMILIA DE MONS. ROMERO
El primero es éste: La Iglesia es un fenómeno de la apertura humana frente a la fuerza divina.
Y aquí estoy contestando a muchos hombres que creen que hoy la oración ya pasó de moda, muchos que ya no oran, muchos que creen encontrar la solución de los problemas de la tierra sin elevarse a Dios. La Iglesia- dice el Concilio- tiene como misión principal una misión religiosa: abrirse a Dios, unir los hombres con Dios. De allí derivarán todas sus grandes consecuencias humanas, como lo vamos a ver. Pero yo quiero que afiancemos esta idea, hermanos. Hoy hay mucho materialismo. En el mensaje último de los obispos denunciábamos dos espantosos materialismos: el materialismo ateo de los marxistas y también el materialismo egoísta del capital liberal. Los dos son materialismos; por eso ninguno se entiende con la Iglesia, porque la Iglesia es espiritualista, es elevación hacia Dios, es trascendencia, es decirle al hombre: "Tú tienes una gran capacidad, lo más hermoso de tu vocación humana es hablar con Dios, entablar diálogo con tu Creador". ¡Esto es bello, hermanos! Y Pentecostés lo pone de manifiesto: Un Dios que se abre campo entre los hombres para darles su vida, su verdad, su esencia.
Acaba de decirlo San Pablo: "Nadie puede decir: Jesús es Señor, sino bajo la inspiración del Espíritu Santo". ¡Mediten esta frase! Con los labios lo podemos decir: "Jesús es Señor"; pero sentir, profundizar todo que eso quiere decir, sólo si Dios me permite el acceso a platicar con Él, sólo si siento la capacidad de orar. El hombre que no ora, no ha desarrollado toda su fuerza humana; el hombre que no ora, porque cree que Dios no existe, está mutilado; el hombre que no ora, porque está de rodillas ante su materialismo -llámese dinero, política, otra cosa- no ha comprendido la verdadera grandeza de su ser humano.
Orar es comprender que este misterio que soy yo, hombre, tiene unos límites y que entonces comienzan las esencias infinitas de aquel con quien puedo dialogar. Si estuviera en mis manos hacer un amigo a mi gusto al cual yo le pudiera transmitir todo mi pensamiento, toda mi libertad, todo lo que yo soy para poder entablar con él un diálogo; de mis manos brotaría una criatura que al mismo tiempo la hago mi interlocutor. Pero esto es imposible, entre los hombres es imposible; pero para Dios, que ha hecho el cielo y la tierra, hay también la capacidad de crear un interlocutor, de hacer un ser al que lo ha constituido príncipe de la creación, para que interprete la belleza de los soles y de las estrellas, para que interprete la alegría de la vida, para que sienta la angustia de su pequeñez y hable con él que lo puede socorrer, con el autor de las cosas. Esto es orar, la capacidad del hombre para comprender que ha sido hecho por alguien poderoso, pero que lo ha elevado para ser su interlocutor, platicar con él.
Esto es Pentecostés, esto es la Iglesia: llevar a los hombres este mensaje. Por eso la Iglesia predica ante todo su misión religiosa; enseña a orar. Se aflige cuando sus hijos no rezan: La oración, que tanto hemos estado inculcando. Esta es, hermanos, nuestra Iglesia, el alma de nuestra Iglesia. El Espíritu Santo no es otra cosa que aquel Dios que se pone en comunicación con nosotros y que nos invita a que usemos nuestra libertad, nuestra inteligencia, para abrirla al absoluto y entrar en diálogo con el que me ha creado, me ha hecho capaz de hacerme su hijo, me espera en su cielo, me consuela en la tierra, me lleva por caminos dignos de un hijo de Dios.