martes, 22 de diciembre de 2015

PALABRAS DE ANGELELLI

 “Dios no quiere hombres resignados” Extractado de entrevista a Enrique Angelelli en Revista Crisis Nº 13 (1974) Los hombres de las grandes ciudades, de la sociedad de consumo, que todo lo manejamos por botones y definiciones perfectas y envasadas, somos nada más que piezas de un gran engranaje. Somos una gran sociedad anónima porque no nos distinguimos ni nos consideramos y parecería ser ley aquello de: el hombre es lobo para el hombre y no su hermano. Y en esa sociedad aparece un tipo de hombre que vive medio sofisticado, no tiene paz y huye de sí mismo; le ha perdido el rumbo y el sentido a la vida. Corre todo el día, necesita velocidad, ruido, confort; necesita tocar botones de distintas clases. ¿Por qué? Porque no se soporta a sí mismo. Y está este otro hombre, el riojano, cuya característica es el silencio. Habla poco y mastica mucho. Es el hombre que está rumiando las cosas, que tiene toda la riqueza de la humanidad. No tiene dinero, por eso está marginado. No tiene voz para opinar sobre las soluciones a los problemas de hoy; lo hemos marginado. Es el hombre sin voz. El dice: lo que no me van a quitar es que yo siga guardando, alimentando, enriqueciendo eso que Dios me ha dado: la humanidad. Aquí se encuentra el hombre latinoamericano, que no se encuentra en Buenos Aires, en Mendoza, en Córdoba, en Rosario. En la ciudad hay demasiado ruido y no se puede encontrar el sentido a la vida. Allí las cosas son más importantes que las personas; en cambio aquí las personas son más importantes que las cosas. Al hombre de pueblo tampoco hay que idealizarlo creyendo que es perfecto. Es como nosotros, débil como la caña. Es frágil. Pero se aplica aquello de la Biblia: “Dios es celoso de su pueblo”.
Dios cuida lo frágil para que pueda guardarse como el núcleo de aquello que va a ser principio de ida, de liberación, de felicidad para todo el pueblo. Dios elige al pobre como respuesta al hombre orgulloso que se ha endiosado y ha hecho de la técnica y de su yo los dioses que lo guían. Entonces, ¿cuál es la gran misión de la Iglesia? Hacerse cada vez más este pueblo frágil y al mismo tiempo darle aquello que Dios ha entregado a la Iglesia para que ella lleve a los hombres. Hacer que la fe madure, que la esperanza madure, que la caridad madure, pero no aisladas de la vida, no para ser vividas dentro de un templo, sino para que ayuden al hombre a ir haciendo su historia; para dar una dimensión trascendente y un sentido a las cosas. ¿Dios qué hace? Se abaja de tal manera que al encarnarse toma la condición de marginado, toma la condición del hombre, hasta donde fue llevado por el egoísmo; la del pobre, el marginado, el sin voz. Porque allí va a nacer todo el proceso para que el hombre logre su felicidad. Y la Iglesia tiene que comprometerse. Ella no es para determinados hombres porque se llamen pobres y a los demás se los excluye, pero hay que recurrir a ver la óptica de Dios, el plan de Dios y los gestos de Dios. El hombre al que llamamos rico económicamente, rico en poder y en influencias, no tiene paz, huye de sí mismo y ha perdido el sentido de la vida. No le hago un juicio moral, no digo: pecó, no pecó. Eso es otra cosa. Pero su condición hace que otros hombres no vivan como hermanos sino como cosas. […] es necesario responder con la gran respuesta del Padre y con la gran respuesta de Cristo a todos los problemas de todos los hombres de La Rioja. Fuimos a ver el hombre concreto de hoy y su historia y tradición. Y el hombre concreto de hoy es el que no tiene casa y entonces quiere emigrar, es el que padece de Chagas, el que no le alcanzan los pesos para vivir y el que no tiene más trabajo que el empleo público. Es el hombre que no tiene tierra por la estructura del minifundio y el maxifundio, el que ve que la poca agua está mal administrada y mal repartida. Es el chico que tiene que ir a clase haciendo kilómetros en burro, o el que no da más porque tiene hambre. Es el porcentaje alarmante de mortalidad infantil y de problemas de salud. Es el hombre concreto y yo no le puedo ir a predicar la resignación. Dios no quiere hombres resignados.

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